Fe, esperanza, caridad

Hay ocasiones en que se suman casualidad y causalidad, los hechos y/o circunstancias adquieren una dimensión que dan lugar a la serendipia, te encuentras un resultado que no esperabas, se te abre la puerta a una explicación con la que no contabas. 

Terminaba un trabajo de técnica mixta sobre papel de algodón, una recreación del paso del Cachorro por el Puente, que va a ilustrar un relato corto,” La Procesión", que trata de un hecho bastante profano en medio de un acontecimiento, más que religioso, místico, al menos para muchos de los que hemos heredado una forma de ver la Semana Santa de Sevilla. 

Pues bien, en ese ínterin entregaba en la Biblioteca Pública de Sanlucar la obra de Unamuno "San Manuel Bueno, mártir " y recogía la obra de Delibes " El hereje", pues en el Club de Lectura en el que me han asignado el rol de Coordinador, andamos dándole vueltas a escritores contemporáneos que escriben sobre religión, misticismo, en un tono adusto y profundo con palabras sencillas.

A éste cúmulo de acontecimientos comunes, sin demasiada notoriedad, concurrentes en un mismo segmento de espacio/tiempo, se suma un extraño sueño intermitente, interrumpido por el ruido infernal del viento agitando los "shunts" de las chimeneas del tejado, las macetas y adornos, el mobiliario de los patios.

Este sueño abrupto finaliza a las siete de esta mañana con un pitido de alerta que me hace levantar presuroso de la cama a buscar el móvil. Respiro, o no, porque no es el 112, es mi compañía aseguradora de hogar avisando que, en Mairena del Aljarafe, la casa donde vive ahora mi hija hay una alerta amarilla por racha de viento, que retire todo el mobiliario de patios y terrazas, me prepare para los siniestros, si los hubiere, y facilita un número para comunicarlos. 

Es la primera vez que recibo un aviso así de la aseguradora, o la cosa es gorda o inauguran un servicio al cliente que puede resultar muy útil. La cuestión es que sufro por mi hija, que por fortuna está de vacaciones en su ir y venir de las emergencias sanitarias, pero más por mi nietecillo de cuatro años, que por lo que sé no tenía suspendida las clases. 

Ya que resuelvo lo intenso de la preocupación por un nieto, me ocupo de los otros de Huelva y parece que sus padres han tenido la decisión de que, decretado o no el cierre de los colegios, de forma precautoria no llevar los niños a clase, que andamos muy sensibilizados por las recientes tragedias. 

Tras esta urgencia vuelvo a pensar en el extraño sueño de esta noche. Del cajón más profundo de los recuerdos, las vivencias , el subconsciente ha decidido sacar a flote las virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad. 

Hasta el término virtudes teologales se me había olvidado, creo que no lo usaba desde el pleistoceno de mi confirmación en la pubertad de sueños sin límites y alma de nardo sin muertos en el armario. 

Todo el esfuerzo intelectual y físico de esta madrugada me agota, decido aguantar un rato más en la cama, sesión exprés de mindfulness y breve sueño de un cuarto de hora, de nuevo las dichosas teologales aparecen jartibles como contrapunto al apocalipsis. 

He de hacerles caso o sé que no me dejaran en paz, lo mejor, lanzar una nueva botella a la blogosfera, atender a los avisos del algoritmo por mi pereza en alimentar a la bestia del ego y la sinsustancia. ¿Qué me querrán decir?

La Fe, que daba seguridad antes las dudas e incertidumbres, se me fue con la juventud de rebeldía y lecturas de Filosofía, no me alegro de ello, pues me restó un apoyo para caminar por la vida con un poco menos de desasosiego.

Me viene al caso aquí la visión del San Manuel Bueno de Unamuno que comentaba en los primeros párrafos. Un sacerdote que pierde la Fe, pero la administra como consuelo a sus feligreses para el tránsito y resignación de esta vida que considera amarga. 

Pocas letras para despachar la filosofía existencialista cristiana que, a mi juicio, desgrana Unamuno en el texto, pero para resumir acudo a la audacia del ignorante y simplifico lo complejo. Pues si elevo el listón he de recurrir a Giordano Bruno, sus tesis, y eso puede ser demasiado para un post carente de  pretensiones.

La cuestión es que sin Fe se me cerraban algunas expectativas vitales y hube de sustituirla por la Determinación. Navegar con vientos a favor y en contra, dispuesto a mantener los más fiel posible el rumbo, sin preocuparme mucho del puerto de destino, siempre un punto lejano en el horizonte, pero intentando mantener el universo de los principios y las convicciones a lo largo de toda la singladura.

Tengo que decir que, aunque he tenido que adaptar no pocas veces las cartas de navegación, atravesé más mares y océanos de los que nunca imaginé y retorné a casa siendo sustancialmente el mismo. O eso creo, pues no es uno el mejor evaluador de sí mismo.

Quizás porque a falta de Fe, no me quedé sin la otra de las virtudes teologales, la Esperanza. La Esperanza en que es posible otro mundo mejor para mí y los demás, me ha mantenido en el compromiso social y en la búsqueda constante del Hombre Grande, aunque siempre han existido motivos para desfallecer.

Los ciclos de luz y tinieblas se han repetido, pero con oscilaciones suaves, hasta que ahora en el último tramo del trecho que me toca transitar, aprecio muchos tonos grises. La actualidad nos bombardea cada día con motivos para la desesperanza, los jinetes del Apocalipsis parece que están colocándoles herraduras nuevas a sus monturas, para cabalgar por la Tierra esparciendo dolor y miseria.

Nunca ha faltado, pero ahora todo indica que el Mal se prepara de nuevo para ocuparlo todo y el Bien se retira acomplejado a sus cuarteles de invierno a esperar mejores tiempos.

A veces no sabe uno muy bien que rueda ayudaba a empujar, a falta de Fe la duda siempre es más persistente, pero de esa duda siempre me sacaba comprobar las fuerzas que se oponían al itinerario del Progreso de la Humanidad, es un sentido trascendente, pero mucho más de mejorar la realidad del presente los que estaban a mi alrededor, con una visión menos prosaica. 

Pero aún así pienso recurrir a las baterías de la Esperanza que guardé en los tiempos de bonanza, para mantenerla en todo el trecho que me quede por recorrer, y si puedo donársela a los míos como una de las herencias más válidas que estarán obligados a mantener o incrementar.

Nunca fui mucho de la última virtud teologal del listado. No la desconsidero, sé que a la Caridad se empeña y emplean muchos hombres y mujeres de Fe. Sin la Caridad quedarían desamparados muchos a los que no les llega la Justicia. 

Sin Fe hube de abrazarme a la Justicia como sustituta y por ahí he andado, ciertamente más decepcionado que si hubiese optado únicamente por la Caridad. Pues la Justicia es un ansia más general y ambiciosa que difícilmente puede ser satisfecha, en tanto que la Caridad es más concreta, del aquí, hoy y ahora, la recompensa más visible.

La Justicia se lleva mucho peor con la Resignación que la Caridad, te impulsa más al compromiso social más radical, sus objetivos tensionan más, por ende, es más peligrosa para el que la busca.

En fin, estimados y desconocidos lectores a quienes llegue esta botella, voy a dejar de daros la tabarra con Filosofía de andar por casa, con confesiones liberatorias y libertarias que nadie me ha pedido, pero la culpa la han tenido el sueño, el viento y Unamuno. Me confieso inocente de la tropelía.

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