Jubilados
Hay imagenes que no requieren de palabras para explicar una emoción. Son de esos instantes que observas sin detenerte demasiado en su contemplación, pero terminan formando parte del paisaje de tu cotidianiedad, te relatan como va pasando la vida en este entorno de apariencia plácida e inmutable en el que ahora vives.
Terminan por resultar una agradable rutina llena de imperceptibles novedades, que echas de menos cuando por cualquier circunstancia notas su ausencia en el devenir de cada día.
Este es el caso de la tertulia de jubilados que me encuentro cada mediodía, desde hace años, en el recorrido desde mi casa a la finca , gimnasio al aire libre, en la que paso la mayor parte de las horas.
Siempre saludo, a la ida y a la vuelta , a la nómina de la media docena de tertulianos que allí se congregan a la hora del Ángelus, y a veces, no demasiadas, siempre ando con algo pendiente, me paro a disfrutar de sus chanzas y sesiones de filosofía de andar por casa. Filosofía de la vida que, comparada con las de otras tertulias que me asaltan desde la caja tonta, que conecto para que me sirvan de música de fondo mientras me tomo un refrigerio en mi irregular jornada de trabajo, tienen sin duda más nivel y profundidad.
A la sombra de esta singular nave de aperos, garaje y salón multiusos, que se agenció Pepe con habilidad negociadora , aprovechando el boom inmobiliario de principios de los 2000, se sientan en sillas de resina plástica, un plantel de tertulianos que ha ido cambiando con los años, aunque algunos, el dueño, su hermano y el vecino, tienen ya más de un trienio en su haber.
En una de esas paradas, comentando nuestros
respectivos quehaceres , a la carta y sin teóricas obligaciones dadas nuestra condición de jubilados, sale a colación lo que ando pintando en el estudio y la ausencia de proyectos comprometidos, de ahí se sugiere que deje para la posteridad un reflejo de esa tertulia. Me digo por qué no ? Hay ya algunas ausencias de tertulianos que formaron parte de la red de amigos que compartíamos vivencias y ocasiones señaladas, y aunque mi deseo es de larga vida para los actuales tertulianos, a nuestra edad cada día la presencia está más comprometida.
Así que me pongo manos a la obra antes de que avance la inevitable decrepitud, para que el reflejo fotónico recoja todavía vestigios de lozanía. El modelo es lo que veo cada mediodía, apoyado por una foto de cámara de móvil de escasa calidad, que intentaré compensar con más voluntad que maestría.
Me voy a permitir algunas licencias pictóricas, en la profundidad del local y el estucado de las paredes, reduciendo el sinfín de aperos que las adornan, historia viva de las faenas agrícolas que no hace tanto ocuparon sus afanes.
Me pide Pepe que acerque y defina las lecheras, las lecheras que él y su familia llevaron de acá para allá por las calles del pueblo, suministro de leche fresca, hoy impensable, transportado por niños, adolescentes, cuando el trabajo infantil no es que no estuviera mal visto, es que era imprescindible en muchas casas.
La historia reciente, nuestra historia reciente, que parece tan lejana, se cuenta en esos aperos, las lecheras, la cuentan los tertulianos en sus conversaciones plagadas de silencios elocuentes.
Estoy por sumarme a la tertulia, ya formo parte de ella en los instantes de los adioses de cada mediodía, en las breves paradas ocasionales, pero algo habré hecho mal con la organización de mi tiempo, cuando me lo expropio o me lo expropian a estas alturas de la vida , como para no poder dedicarme al dulce fa niente de la tertulia de 12 a 2.
Me conformare con recoger en óleo sobre tabla las luces de éstos momentos.

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